Jesús ES judío. Puede parecer una afirmación demasiado obvia para empezar un capítulo. Sabemos que Nació en Belén5, que Su familia era judía6, que Leía Las Escrituras, Enseñaba en las sinagogas7 y Celebraba las fiestas hebreas8. Sin embargo, una cosa es saberlo y otra muy distinta es permitir que ese dato cambie la manera en que Lo leemos, en que Lo pensamos.
Porque muchos conocimos a Jesús dentro de un mundo católico/cristiano que ya tenía sus propias palabras y formas de explicar Quién Es. Y no hay nada raro en eso. El problema aparece cuando, sin darnos cuenta, empezamos a leer a “un Rabí judío del siglo I” como si Hubiera Hablado originalmente en nuestro idioma, con acento español, nuestra cultura y nuestras categorías.
Dicho de una forma un poco más incómoda: Jesús no Fue cristiano. Eso vino después.
Y esto no quiere decir que Jesús no Creyera en Sí Mismo, en Su Identidad o en Su Misión. Quiere decir algo mucho más simple: Jesús no Se Presentaba a Sí Mismo desde una religión que todavía no existía. Vivió, Enseñó y Discutió dentro del mundo judío de Su tiempo, Respetando la ley de Moisés9, Celebrando sus fiestas y Viviendo dentro de su tradición.
Y esto tampoco significa que todo lo que aprendimos después esté mal. Sería irse al otro extremo: pasar de leer a Jesús solo con nuestras categorías a descartarlas por completo. Las distintas tradiciones también conservaron enseñanzas y formas de acercarnos a Jesús que pueden ser muy valiosas.
Yo tengo claro que recibí muchísimo de ellas.
Pero nuestro contexto inevitablemente influye en cómo Lo imaginamos. Y por eso creo que vale la pena hacernos una pregunta un poco profunda:
Si Jesús Se Pareciera menos a la imagen que aprendimos y más al Rabí judío que Caminó por Galilea, ¿seríamos capaces de reconocerlo?
Volver a Su contexto no busca restar nada de lo que ya sabemos, sino sumar: mirarlo con curiosidad. Incluso en aquellos lugares donde quizá no Encaje perfectamente con la imagen que aprendimos.
El tema principal de este libro es Quién Es Jesús en relación con DIOS, pero antes de adentrarnos en eso, quizá tengamos que acercarnos un poco más al mundo desde el que Él Habló.
Por eso el libro va en este orden: primero, Su mundo y Su Nombre. Después, lo que Las Escrituras dicen de DIOS, de Sus Cualidades, de Sus Acciones y de Su Autoridad, y lo que dicen de Jesús. Recién entonces, La Relación entre El Padre, El Hijo y El Espíritu. Y al final, lo que viví.
Volver a la raíz
Tal como mencionamos, no fue en español. Lo más probable es que Jesús Se Expresara habitualmente en arameo y que Enseñara también en hebreo, una lengua que tenía un lugar importante en Las Escrituras y en la vida religiosa judía10.
Pero hay otro detalle que a veces pasa desapercibido: no conservamos ningún escrito redactado directamente por Jesús. No tenemos una carta, una nota ni un versículo firmado por Él. Sus Palabras y Enseñanzas nos llegaron a través de Sus primeros seguidores y de quienes las fueron transmitiendo y poniendo por escrito. Ese es el primer salto.
Después viene un segundo salto. Los textos que hoy forman el Nuevo Testamento nos llegaron escritos en griego. Es decir, antes de llegar a La Biblia que hoy abrimos en español, esas palabras ya habían atravesado un proceso de transmisión a otro idioma.
Y cuidado, nada de esto contradice La Inspiración Divina de Las Escrituras: una cosa no excluye la otra.
Podemos creer en Esa Inspiración y, al mismo tiempo, reconocer que Las Escrituras nos llegaron a través de personas concretas, escritas en idiomas concretos y dentro de contextos históricos en particular. Lo que estamos haciendo acá no es cuestionar su Origen Divino, sino tratar de entender mejor el medio humano por el que llegaron hasta nosotros, ya que eso fue parte del camino que nos lleva directamente a la raíz.
Y cuando hablamos de volver a la raíz, en otro idioma, surge inevitablemente una pregunta:
¿Qué significa traducir?
A veces imaginamos la traducción como si cada palabra de un idioma tuviera una palabra equivalente esperando del otro lado. Como si fuera suficiente con reemplazar una por otra y conservar exactamente el mismo significado. Pero los idiomas no funcionan así.
Una misma palabra puede tener distintos sentidos según el contexto, puede cargar asociaciones culturales que no existen en otro idioma o abarcar una idea para la que necesitamos varias palabras al traducirla. Incluso dos palabras que parecen equivalentes pueden no cubrir exactamente el mismo campo de significado.
Por eso traducir implica tomar decisiones. No necesariamente decisiones arbitrarias ni incorrectas, sino decisiones necesarias: elegir, entre varias posibilidades, cuál expresa mejor lo que una palabra, una frase o una idea está comunicando en ese contexto.
Un ejemplo de todos los días: el inglés dice “you”, y el español obliga a elegir entre tú, vos, usted, vosotros o ustedes. El inglés no lo dice, y quien traduce tiene que decidirlo.
Y eso cambia bastante la manera en que nos acercamos al texto. Porque cuando leemos una palabra en español, estamos leyendo una traducción posible de una palabra que nació dentro de otro idioma, otra cultura y otra manera de organizar el pensamiento.
Esto no significa que volver al idioma original nos permita interpretar el texto como nos dé la gana. El hebreo y el griego no son una llave maestra. Una palabra puede tener varios sentidos posibles, sí, pero es el contexto el que nos ayuda a entender cuál de ellos está funcionando en cada caso.
De hecho, la importancia de volver a los idiomas originales no es una idea extraña ni exclusiva de quienes estudian las raíces hebreas. Dentro de la propia formación católica, los sacerdotes estudian bases de hebreo y griego bíblico justamente porque conocer el idioma en el que los textos fueron escritos permite acercarse con mayor precisión a lo que están comunicando.
Y el ejemplo más claro es el de los rabinos judíos: ellos estudian y hablan directamente en hebreo. Aunque el hebreo de hoy tiene algunas diferencias con el bíblico, cuentan de forma anecdótica que, si Abraham apareciera hoy en Israel, podría comunicarse con la gente que pasea por la calle. Y es realmente algo a resaltar: el hebreo es una de las tradiciones lingüísticas más antiguas que continúan vivas hasta nuestros días.
Y que quede claro: no volvemos al hebreo o al griego para “corregir” La Biblia, sino para intentar comprenderla mejor. Para ver matices que una traducción necesariamente tuvo que resolver de una manera determinada y que, algunas veces, pueden abrirnos una perspectiva más amplia del texto que ya conocíamos.
Y creo que la forma más fácil de entender lo que quiero decir es de forma práctica, con un ejemplo:
Shalom
Recuerdo que fue la primera palabra en hebreo que llamó mucho mi atención cuando empecé este recorrido. Shalom suele traducirse como “paz”.
¿Significa paz? Sí.
¿Significa solamente paz? No.
En el Antiguo Testamento, la palabra aparece 116 veces como verbo y 358 como sustantivo11 (sí, en hebreo esto es posible, y enseguida vamos a ver por qué). Pero cuando uno empieza a mirar cómo se utiliza, descubre que su significado es bastante más amplio que nuestra idea habitual de “paz”.
Shalom puede hablar de bienestar, integridad, seguridad, prosperidad, plenitud, equilibrio o de algo que está completo. No necesariamente de una simple “ausencia de conflicto”. La idea puede acercarse más a un estado en el que las cosas están como deberían estar: completas, íntegras, en orden.
Y ahí es donde una sola palabra en español empieza a quedarse un poco corta, ¿no?
Para que lo dimensionemos, en hebreo “Shalom” no es solamente una palabra de los textos antiguos. Se sigue usando hoy, hasta para saludar. Es una palabra viva, cotidiana.
Para entender un poco mejor por qué puede abarcar tanto, hay algo del hebreo que conviene conocer: muchas palabras se organizan alrededor de una raíz, generalmente formada por tres consonantes. A partir de esa raíz se forman distintas palabras relacionadas entre sí y conectadas por una idea común.
En el caso de “Shalom”, encontramos la raíz ש־ל־ם (Sh-L-M), relacionada con ideas como estar completo, íntegro, entero o restituido. De esa misma raíz salen el sustantivo, Shalom, y también un verbo. Por eso la palabra aparece de las dos formas.
Creo que una de las formas más lindas de verlo es La Promesa que DIOS les Hizo, por medio de Jeremías, a los que estaban exiliados en Babilonia: “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis”12.
Leída simplemente como “paz”, podríamos entenderla como una vida tranquila, sin conflictos. Pero después de mirar un poco más de cerca la palabra, La Promesa parece abrirse: que haya bienestar, integridad, plenitud, que las cosas estén en orden, completas, como deberían estar. Esa es la vida que DIOS Piensa para nosotros.
La traducción “paz” no estaba mal. Solo que ahora podemos ver que La Promesa va incluso más allá.
Pero hay algo que podría cambiar este análisis: ¿qué pasa cuando lo que tenemos que traducir no es una palabra cualquiera, sino un nombre?
Notas
- Mateo 2:1 (NVI)
- Lucas 2:21-24 (NVI)
- Lucas 4:16-21 (NVI)
- Juan 7:2, 10 (NVI)
- Mateo 5:17-19 (NVI)
- Michael O. Wise, Lengua y alfabetización en la Judea romana, tesis doctoral, Universidad de Minnesota, 2012; Edward M. Cook, El contacto de lenguas y el origen del hebreo misnaico, Universidad de Cambridge, 2017
- Dr. Jaume Duran i Navarro, La paz y su sentido bíblico, ISCREB
- Jeremías 29:11 (RVR1960)